sábado, 25 de agosto de 2012

Tipología de asesinos seriales y fases en su mente criminal


TIPOS DE ASESINOS EN SERIE:
VISIONARIO, MISIONERO, HEDONISTA y LUJURIOSO, Y LAS FASES POR LAS QUE ATRAVIESAN SUS CRIMENES









El "Hijo de Sam", ejemplo de asesino visionario






"Jack the Ripper", tal vez fue un asesino misionero






Richard Ramirez puede ser conceptuado de asesino hedonista o de asesino satánico -subespecie dentro de los asesinos misioneros-, pues exhibió rasgos inherentes a ambos tipos






Theodore "Ted" Bundy, prototípico asesino sexual clasificable dentro del grupo de los asesinos lujuriosos











Dentro de las variadas formas de clasificar a los criminales seriales está aquella que analiza la razón por la cual matan, es decir: la que atiende a los móviles que guían su conducta homicida.

Lo habitual es que tales razones -o falta de ellas- se sepan recién cuando los victimarios son capturados, y tras entrevistas y exámenes que los psicólogos, los psiquiatras forenses y otros peritos les realizan en la cárcel. El modus operandi utilizado sirve, asimismo, para determinar esos motivos propulsores de las matanzas en cadena. Tales estudios han permitido sub clasificar a los asesinos en
serie en varias categorías o tipologías.

Siguiendo una tradicional proposición criminológica, los homicidas secuenciales pueden catalogarse dentro de cuatro perfiles o tipos, a saber:

EL ASESINO VISIONARIO

Resulta tal aquel homicida que llega al crimen luego de creer oír voces en su interior, o imagina visiones que lo impelen a cometer sus fatídicos actos.

En algunos casos estos fenómenos que experimenta se deben a graves cuadros de esquizofrenia. Esta clase de perturbado es capaz, no obstante, de separar su vida habitual de sus crímenes, dado que no se siente en absoluto responsable de ellos.

Un ejemplo de tal psicopatía lo representa David Berkowitz, quien alcanzara oscura celebridad bajo el alias de "El Hijo de Sam". Este abominable matador aterrorizó a la población de Estados Unidos durante la década de los años setenta de la pasada centuria. Ultimaba a balazos a parejas de enamorados que se abrazaban en sus coches a la salida de cines o de reuniones bailables. Los homicidios los llevaba a cabo cumpliendo -según adujo- los dictados impartidos por un demonio milenario que había llegado a gobernar su mente y a quien reconocía cómo "Sam", el cual le transmitía, por intermedio del perro de un vecino, las órdenes de salir a las calles a asesinar.

El asesino visionario perpetra sus atrocidades poseído por un estado de trance. Pero una vez atravesada esa mórbida etapa literalmente "despierta", y puede luego regresar a atender sus ocupaciones e intereses habituales.

Las voces y-o visiones que percibe se recrudecen después de inferir cada desmán. Por más que el sujeto afectado se resista termina por sucumbir y obedece los "mandatos" implacables que recibe.

EL ASESINO MISIONERO

En esta hipótesis, el criminal secuencial se siente embargado por la creencia de que debe hacer algo en favor de la sociedad. Se considera un elegido, y está persuadido de que sus víctimas merecen la muerte. Su creencia de estar embarcado en una misión de saneamiento moral que lo trasciende determina que su autoestima crezca.

Aunque es discutible, el casi mítico Jack el Destripador podría ser catalogado de asesino misionero. Al menos esta fue una de las primeras conjeturas que se elaboraron para explicar las motivaciones de sus crueles asesinatos sobre prostitutas, a quienes tal vez consideraba lacras sociales que debían desaparecer bajo su mano vengadora.

El victimario misionero a veces ataca a miembros de cierto grupo etáreo o racial, basándose en traumas de su infancia donde se vio amenazado por integrantes de ese colectivo sobre el cual -ahora que es adulto- descarga su venganza, usualmente exagerando la importancia de las ofensas recibidas, si es que las mismas en verdad existieron.

Se puede incluir dentro de este elenco a los llamados "asesinos satánicos", que se ven imbuidos por la obligación de asesinar para, de tal suerte, obtener una alta recompensa por cuenta de entidades demoníacas o de carácter supra natural.

Muchos ejemplos hay de asesinos que podrían conceptuarse satánicos, aunque cabe resaltar que estos psicópatas generalmente presentan también rasgos inherentes a otras categorías. Por caso, Richard Ramirez. Este perturbado fue un ultimador en cadena que se proclamó servidor de Satán, aun cuando su comportamiento sádico de recreación en el tormento infligido a sus víctimas lo encuadra igualmente dentro del sub grupo de los homicidas hedonistas.

EL ASESINO HEDONISTA

Este tipo de homicida serial innova con cada asesinato puesto que le excitan los desafíos. El homicidio representa para él una fuente de goce que se torna adictivo, en tanto necesita repetir la satisfacción alcanzada, viéndose compelido a buscar regularmente nuevas personas a quienes agredir.

Se recrea percibiendo la agonía que hace sufrir al objeto de su crimen, y alarga el momento del deceso de éste con el fin de regodearse en su tortura.

Es corriente que introduzca elementos místicos o rituales durante la consumación de sus fechorías, pudiendo hurtar prendas usadas por sus víctimas, e incluso extraer órganos a los cadáveres, a manera de trofeos con los cuales buscará reproducir el placer sentido en el acto de matar.

EL ASESINO LUJURIOSO

Este elenco criminal abarca a los asesinos sexuales. Estos acostumbran vejar y violar a sus presas mientras permanecen con vida, y también, tras el fallecimiento de éstas, practican sobre los cadáveres lúgubres actos de necrofilia y de profanación.

Tal vez el arquetípico asesino sexual de tiempos modernos lo haya constituido el norteamericano Theodore "Ted" Bundy quien fue ejecutado, tras serle impuesta la pena máxima por la comisión de catorce feminicidios precedidos de violación.

Los asesinos lujuriosos devienen individuos incapaces de concretar una relación carnal normal y de mantener vínculos estables, y -al igual que los homicidas hedonistas- se solazan con el suplicio a que someten a los objetos de su agresión y pugnan por conseguir la mayor satisfacción posible a través del dolor y del terror que provocan.

Al matador serial lujurioso también se lo conoce como "controlador", en tanto su disfrute lo obtiene a raíz de la malsana sensación de dominio sobre sus presas humanas, cuya sumisión y sojuzgamiento absoluto procura ejercer.

LAS FASES POR LAS QUE ATRAVIESA LA MENTE CRIMINAL:

La captura y puesta en prisión de un elevado número de psicópatas que, a su vez, eran asesinos en serie le ha permitido a los psicólogos y psiquiatras forenses analizar de primera mano el desviado comportamiento mental que éstos exhiben. Aunque no predomina una opinión uniforme acerca de cómo funciona el mecanismo psíquico que conduce a un individuo común a transformarse en un homicida en cadena, se han formulado, no obstante, planteos altamente fundamentados y sugerentes.

Por ejemplo, ha sido muy difundido el esquema postulado por el psicólogo e investigador policial norteamericano doctor Joel Norris quien, después de entrevistar a muchos homicidas seriales, desarrolló su teoría consistente en que durante el proceso cerebral por el cual atraviesa esta clase de delincuentes necesariamente se presentan siete etapas o fases mentales que conducen sus acciones a desembocar en un desenlace fatal.

Al inicial de estos estadios se lo tilda “fase de aura”, y en el mismo se visualiza un pasmoso grado de confusión en el pensamiento exteriorizado por el individuo, quien va dejando entrever signos delatores de una psicopatía que llegará rápidamente a convertirse en una auténtica obsesión.

El psicópata experimenta con tan virulenta lucidez sus fantasías que éstas se van mezclando de manera crecientemente peligrosa con la realidad, alcanzando un extremo donde el sujeto afectado no logrará diferenciar entre ambas. El individuo torna a depender de modo progresivo de esas fantasías hasta un punto donde aquellas comienzan a gobernarlo por completo. Lo que inicialmente se traducía en inofensivos juegos oníricos pasa a ocupar un tiempo y un espacio cada vez más esencial dentro de su vida consciente.

La segunda etapa de esta funesta retahíla mereció el nombre de “fase de búsqueda”. Aquí el maníaco toma la irrevocable decisión de perpetrar el crimen y comprende que para ello debe hallar una víctima adecuada a sus particulares necesidades. Hay psicópatas que al arribar a este grado se dan por satisfechos con reafirmar sus fantasías e imaginan que consuman el delito, pero no avanzan más allá.

Pero si la resolución de asesinar para cumplir con su morbo deviene más poderosa se entra de plano en la “fase de seducción”, que es aquella en la cual el futuro asesino establece contacto con posibles objetos de agresión desplegando su magnetismo individual y su dialéctica. Comienza a disfrutar con su “actuación” y busca hacer bajar la guardia a su oponente preparando el camino para un ataque de improviso. Algunos perturbados pueden contenerse al arribar a esta etapa y se conforman con haber establecido ese contacto con eventuales víctimas y luego retroceden.

No obstante, la mayoría ya no son capaces de reprimirse ni detenerse y ascienden al siguiente escalón dentro de esta neurosis conocido como “fase de caza”. En la etapa de cacería se avanza abruptamente de la cautelosa pasividad a una febril actividad. El victimario ya ha escogido el tipo de presa humana que considera “apropiado” y se apresta a entrar en contacto decisivo con ella.

Dependiendo de la personalidad del agresor, éste empleará su encanto y atractivo personal –si los tuviere– en pos de inducir a la víctima a caer en una trampa, o bien llevará a término una sucesión de encuentros inspirados en el propósito de ganarse su confianza previamente a acometerla. El tiempo que insume este estadio de su proceso mental puede prolongarse durante unas semanas o meses, o bien durar apenas unos instantes. Lo cierto es que esta etapa inevitablemente se cumple siempre antes de entrar en la denominada “fase de captura”.

Esta última comporta el quinto hito dentro de la anómala conducta psíquica del criminal. Aquí es cuando el asesino –literalmente hablando– se despoja de su máscara, y hace uso de la fuerza a fin de retener a su presa o para conducirla a donde quiere. Se trata de un punto de no retorno. La sorprendida víctima cobra conciencia por primera vez de las intenciones letales que animaban a su contraparte y, debido a ello, ahora el matador ya no podrá echarse atrás.

Seguidamente, se instala la “fase de asesinato”, propiamente dicha, la cual cristaliza y da culminación a las precedentes imaginerías sádicas o de dominación. Acá es cuando el ultimador pierde absolutamente cualquier resto de percepción de la realidad y se embarca de lleno en la realización a cualquier precio de sus planes y deseos.

Ha desembocado en la fase que justifica la existencia de todas las etapas anteriores. Se trata de la razón de ser de la totalidad del proceso mental precedente, y el ejecutor –imbuído de enfermizo éxtasis– no vacila en llevar a término el crimen soñado con todos sus tétricos añadidos.
A la última de las instancias de este patológico impulso cerebral se la designa como “fase de depresión”. A ella únicamente se ingresa una vez consumada efectivamente la agresión física. La excitación despertada por el acto de asesinar ha alcanzado su paroxismo.

Posteriormente, el maníaco queda abrumado bajo una intensa depresión y abulia, lo cual no quiere decir que sea capaz de reconocer la maldad de sus actos y, mucho menos aún, que sienta remordimiento. Comprende, eso sí, que el placer esperado no fue tan deleitoso como lo imaginó, y hasta puede calibrar que los riesgos son demasiado grandes en comparación con el relativamente magro fruto cosechado.

Sin embargo, en caso de que en verdad estemos en presencia de un psicópata homicida esta fase no le dura mucho y, tiempo más tarde, vuelve a transitar de manera sistemática por el antedicho proceso, el cual nada más se detiene si el ultimador se enferma o incapacita, o si es capturado o muere.

El asesino, en definitiva, no hace sino llevar a cabo una fantasía de carácter ritual. No obstante, una vez sacrificada la persona agredida, se esfuma la identidad que la misma conservaba dentro del imaginario del criminal. La víctima ya no representa lo que el victimario suponía al principio, a saber: la novia que lo rechazó, la voz retumbante de la madre odiada, o a aplastante lejanía provocada por el padre ausente. Todos estos fantasmas permanecen grabados de la forma más vívida en la psiquis del ejecutor luego de perpetrado el crimen, y éste no ha logrado ahuyentarlos de su interior.

Por el contrario, su intangible presencia se le torna cada vez más opresiva y ominosa, y metafóricamente le “obliga” a repetir el enfermizo ciclo que lo empuja a volver a matar. El desastre cometido no borra ni cambia el pasado, porque el psicópata termina por odiar más. De allí el carácter adictivo de su mecanismo mental y la imposibilidad de detenerse. El clímax obtenido instantes atrás tan sólo resulta un espejismo que no logra compensar esos sentimientos contradictorios, y tampoco llena su hondo vacío ni le sacia la febril ansiedad que lo agobia.

No necesariamente todos los asesinos son psicópatas y no obligatoriamente un psicópata resulta también un asesino. Muchos psicópatas llevan vidas socialmente aceptables y se dedican a infligir daño a su prójimo de forma menos dramática que los homicidas.

De consuno se ha enfatizado acerca de tales características:

«…Durante mucho tiempo se ha creído que casi todos los criminales eran psicópatas. Nada más lejos de la realidad. Muchos asesinos no son psicópatas y no todos los psicópatas son asesinos. Aunque también es cierto que abundan entre los asesinos… Su comportamiento no es espontáneo sino que está muy estudiado. Además, el resultado final suele ser también diferente. Sus asesinatos son crueles y fríos. Es difícil que un psicópata tan sólo dispare contra otra persona en una situación determinada. Normalmente buscará una forma de darle muerte muy rebuscada y sádica…»





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