

JACK el DESTRIPADOR
Arriba a la izquierda: portada del libro de Trevor Marriott: "Jack el Destripador. Investigación del Siglo XXI", editorial John Blake Publising, Londres, Inglaterra, 2007, donde se propone a Carl Feigenbaum para el rol de Jack the Ripper.
Arriba al medio: Imagen robot del sospechoso.
Arriba a la derecha: fotografía del autor Trevor Marriott.
CARL FEIGENBAUM
SEGUNDA PARTE.
La historia oficial registra la comisión de un único asesinato de segura autoría cometido por este hombre el cual -atento a su saña y gravedad- bastó para condenarlo a muerte.
La viuda Juliana Hoffman contaba con cincuenta y seis años al 1º de setiembre de 1894, fecha en cuya madrugada moriría degollada. Por entonces vivía con su llamativamente joven hijo, de sólo dieciseís años, en una habitación precaria sita en la calle Sexta Oriente de la ciudad de Nueva York, en el segundo piso de un vetusto edificio en cuya planta baja se emplazaba un almacén.
Una segunda muy modesta habitación, de la cual eran inquilinos, la habían subarrendado a un alemán de cincuenta y cuatro años que adujo haber desempeñado la profesión de marino mercante, aunque en tierra firme se ganaba la vida laborando en calidad de jardinero ocasional. El miércoles 29 de agosto dicho sujeto había acudió a la casa en respuesta al anuncio colocado en un periódico barrial, donde se ofrecía en alquiler la pieza con muebles.
Carl Feigenbaum admitió encontrarse desocupado, pero pretextó que en breve conseguiría trabajo como florista, ya que le habían prometido un puesto en una tienda local y, gracias a ese salario, podría hacer frente al pago del precio requerido, consistente en un dólar por semana más ocho centavos diarios a cambio del desayuno.
Próximo a las 22 horas del viernes 31 de agosto de 1894 el flamante subarrendatario entró a su pieza. En la habitación contigua, y sin recelar de las intenciones de su tenebroso huésped, dormía Mrs. Hoffman en su lecho cercano a una de las ventanas, en tanto su hijo reposaba sobre un largo sillón.
El chico representó el único testigo ocular del homicidio. Se levantó sobresaltado a mitad de la noche, al oír los gritos proferidos por su madre, y vio al hombre reclinado sobre la cama de la mujer, que dificultosamente trataba de ponerse en pie y repeler la agresión. El atacante esgrimía un cuchillo con su mano derecha y ya había inferido una incisión en el cuello de la señora.
Esa acometida no fue mortal, y seguramente la ejecutó el ofensor mientras su víctima permanecía dormida. El muchacho acudió en defensa de su progenitora y pateó al agresor, cuando éste estaba de espaldas, haciéndolo trastabillar, intervención que permitió a la agredida reincorporarse e intentar el escape.
Feigenbaum dio media vuelta encarándose con el jovencito y lo amenazó blandiendo en alto el cuchillo sangrante, gesto que hizo a aquél huir hasta la ventana, traparse a la cornisa y ponerse a gritar hacia la calle en demanda de auxilio. Sus patéticos alaridos de ¡crimen! ¡policía! alertaron a los vecinos y transeúntes, quienes empezaron a congregarse a la entrada del edificio.
Empero, Juliana Hoffman se hallaba mal herida, y el criminal capitalizó su debilidad para seguir ofendiéndola encarnizadamente. Le hizo perder el equilibrio y se montó sobre ella inmovilizándola, luego de lo cual, rasgó su garganta hiriéndole la vena yugular con un profundo tajo propinado de izquierda a derecha en la base del cuello, frente a la mirada impotente de su hijo, quien continuaba encaramado sobre la cornisa reclamando desesperadamente ayuda.
La ayuda llegó pronto pues, además de vecinos y curiosos, dos agentes de la comisaría local hicieron acto de presencia y persiguieron al prófugo, mientras éste procuraba evadirse atravesando un corredor aledaño, descalzo y con sus manos y camisa tintas en sangre.
El agresor comprendió que no podía salir por la puerta principal, que estaba atestada de gente, y optó por trepar al techo quitándose el calzado para hacer mejor equilibrio. Desde allí se lanzó rumbo a un corredor que daba a la calle Sexta, pero su maniobra fue advertida y los policías lo interceptaron reduciéndolo al cabo de una corta refriega. Lo trasladaron por la fuerza a la habitación del crimen donde fue identificado por testigos que habían acudido en socorro de la moribunda.
El alemán no se amilanó ante las acusaciones. Por el contrario, de inmediato improvisó una coartada que, aunque increíble, mantuvo tercamente a lo largo de su ulterior enjuiciamiento penal. Pretextó a sus aprehesores que el asesino era un conocido suyo de apellido Weibel, al cual por caridad le había permitido pernoctar en su cuarto, puesto que aquél le aseguró no tener dónde quedarse. El pérfido huésped habría aguardado a que Carl se durmiese, y se deslizó hasta la habitación de Mrs. Hoffman con el propósito de robarle. Al ser sorprendido por la señora comenzó a apuñalarla provocando sus agónicos quejidos.
Los ruidos despertaron a Feigenbaum, el cual - según pretendió- se trabó valientemente en combate con el individuo, aunque con escasa fortuna porque aquel delincuente era más robusto, y lo dejó inconsciente de un recio golpe.
Una vez repuesto, y al percatarse del alboroto suscitado, creyó que lo irían a confundir con el homicida y entró en pánico. Por eso fue que escaló hasta el techo, y desde allí saltó con destino al corredor donde los policías lo aprehendieron. Justificó las secuelas hemáticas que impregnaban sus manos y su camisa como fruto del forcejeo con el matador, quién estaba ensangrentado tras su salvaje ataque contra la arrendadora.
En el escenario del atentado se hallaron evidencias materiales que incriminaban al presunto florista. Por ejemplo, en la habitación que rentaba se ubicó una vaina de tela azul para guardar cuchillos, y una piedra de las que se usaban a fin de afilar instrumentos cortantes.
Pero, claro está, lo más lapidario a los efectos de condenarlo fueron los numerosos y armónicos testimonios oculares presentados en su contra, así como el hecho de ser atrapado huyendo con las ropas y las manos ensangrentadas y, sobre todo, la dramática declaración rendida entre sollozos por el adolescente hijo de la víctima.
Y lo que torna aún menos plausible la hipótesis del robo como explicación de ese crimen es la tan sañuda vesanía de la cual hizo gala el ultimador. En realidad, todo apunta a que se trató del clásico asesinato perpetrado por placer, o motivado en la compulsión de “matar por matar” que obsesiona a un victimario en cadena.
A términos de la última centuria la idea de que podían operarse crímenes carentes de las razones tradicionales como el lucro, la codicia, el odio o la venganza no gozaba de crédito, dado el estado incipiente por el cual atravesaba entonces la criminología.
Durante su proceso Carl Feigenbaum fue patrocinado por dos letrados que actuaron de oficio. Uno de ellos fue William Sandford Lawton, quien era socio de un bufete de abogados de Nueva York. Luego de fallecido en la silla eléctrica su patrocinado, Lawton concluyó que no tenía ya razones legales para seguir atado por su voto de confidencialidad y optó por hacer públicas unas declaraciones que le había formulado su asistido, así como por brindar sus opiniones personales respecto de determinado escabroso asunto.
Ese asunto consistía en que el curial estaba persuadido de que su malogrado cliente no era otro más que el ya por esas fechas célebre y tétrico desmembrador de prostitutas de Whitechapel, Inglaterra.
En el curso de los dos años que mediaron entre la detención del matador de Mrs. Hoffman y su ejecución, defensor y defendido sostuvieron muchas conversaciones y llegaron a construir una buena relación. En virtud de ello, Carl Feigenbaum le habría confiado a William Lawton que periódicamente se veía poseído por una enfermedad pasional totalmente absorbente que se apoderaba de él en forma irrefrenable, al extremo tal de que sólo podía satisfacer su ardiente amor hacia las mujeres matando y mutilando a una de éstas.
En declaraciones a la prensa norteamericana el abogado manifestó que el impacto ocasionado por esa confidencia fue tan poderoso que no supo qué camino debía tomar, y que en seguida le vino a la mente el recuerdo de las carnicerías de Jack el Destripador en Londres. Señaló que comenzó a indagar los movimientos de su patrocinado, y se enteró que el hombre se hallaba presente en Wisconsin cuando se produjeron unos crímenes de mujeres en aquel Estado.
Otro de sus asertos residió en que cuando le insinuó a su cliente acerca de su posible participación en los homicidios del East End aquél se puso de repente muy serio y le respondió: “El Señor es el responsable de mis actos y sólo ante él puedo confesarme”.
Lawton insistió en que el tono empleado por su defendido implicó una clara confesión de culpa que lo dejó conmocionado y lo determinó a cotejar las fechas de las mutilaciones victorianas con las actividades del penado. Dijo que, tras chequear esas fechas, le preguntó a aquél si había visitado Londres durante tales oportunidades, a lo cual su asistido contestó en todos los casos que sí, y luego cayó en un profundo y sepulcral silencio. Igualmente, se habría interrogado a Carl Feigenbaum si disponía de conocimientos técnicos sobre cirugía y disección. En esta ocasión, según su abogado, el requerido: “Fingió una ignorancia que no era natural”.
Esta actitud del reo indujo a Lawton a sostener:
«El hombre era un diablo. El motivo de sus crímenes era un espantoso deseo de mutilar. Me juego mi reputación profesional que si la policía rastrea sus movimientos en los últimos años ello los conducirá a Inglaterra, Londres y Whitechapel. Ha estado viajando como marinero por toda Europa y estuvo en el tiempo de los crímenes en aquel país. A primera vista parecía un simplón, casi un imbécil, pero en realidad era un sujeto muy listo. Tenía medios propios como quedó demostrado por un testamento que hizo antes de morir, aunque siempre expresó que vivía en la mayor pobreza.»
También el fiscal de la causa, Vernon M. Davis, concordó con el parecer vertido por el defensor, agregando por su parte:
“Si se probara que Feigenbaum fue Jack el Destripador ello no me sorprendería grandemente porque siempre lo consideré un tipo astuto, rodeado de mucho misterio, y nunca se supo bien sobre su verdadera vida”.
De su astucia y su afán por despistar dio debida cuenta su comportamiento al cabo del proceso. Por ejemplo, declaró que era oriundo de Karsruhe, Alemania, aserto que fue contradicho por un testigo, quien aseguró que el reo le había comentado ser originario de una ciudad llamada Capitolheim. El encausado alegó haber hecho su arribo a los Estados Unidos en febrero de 1890. Esta información no fue ratificada y sólo se supo, con relativa certeza, que estuvo en aquel país luego de 1891.
De acuerdo depuso otro testificante, el alemán le afirmó que era casado. También este dato queda en duda, puesto que no sólo no proporcionó detalles relativos a la existencia de su esposa sino que al ser arrestado se identificó frente a la policía como de estado civil soltero. Aseveró que su ocupación era de jardinero y que igual labor cumplía en Alemania. Trató en todo momento de ocultar que su actividad básica era la de marino mercante, aunque ciertas declaraciones suyas indirectamente avalan que esa resultaba su profesión. También escondió pormenores de su arribo y estancia en Norteamérica.
Se limitó a contar que tras desembarcar en tierra estadounidense había residido en Orange County, California. Más tarde, ante preguntas directas que se le formularon en la corte, admitió haber residido sucesivamente en las ciudades de Port Austin, Michigan, Sioux Falls, Dakota del Sur y Sioux Falls, Oregón.
No quedó claro si esas interrogantes le fueron planteadas porque le habían sido requisados documentos donde se mencionaban dichas ciudades, lo cual hacía presumir que estuvo en ellas, o a los efectos de comprobar si estaba conectado con crímenes o ataques contra mujeres que hubieran sucedido en estos lugares. En general, se mostró remiso en informar donde estuvo residiendo o qué clase de trabajos realizó.
Lo más seguro fue que no entró al país de manera oficial, dado que en la Oficina de Migraciones no se ubicaron constancias del ingreso de ningún Carl Feigenbaum por aquellos tiempos.
Durante la investigación le fue detectada, dentro de la habitación que rentaba a su víctima, una caja conteniendo documentos varios. Entre éstos destacaba un manojo de cartas remitidas por una mujer de nombre Magdalena. El hombre pretendió que se trataba de epístolas que le mandaba una señora desde Europa para que él después las hiciera llegar a manos de un marino conocido suyo de nombre Anton Zahn, quien al tiempo de las remisiones carecía de domicilio fijo. Empero, lo más factible es que las misivas fueran dirigidas a él mismo, extremo que indujo a pensar que ese debía ser su nombre verdadero y que Feigenbaum configuraba un apellido falso.
Sobre cuál conformaba su familia, al principio aseguró que vivía sólo en Estados Unidos y que tenía dos hermanos en Alemania, pero luego se desdijo de esto último. Más adelante, se supo que él tenía una hermana llamada Magdalena Strohband, y debió reconocer que las cartas se le habían enviado a él y no al pretendido Anton Zahn.
Se especuló también que el sujeto podría haber escamoteado esos papeles con el fin de apropiarse de identidades ajenas.
Por cuanto venimos relevando, Feigenbaum era un mentiroso compulsivo y un manipulador nato, tal cual quedó patentizado por sus actitudes durante el proceso. Tales facetas pautan su personalidad definiéndolo como un psicópata criminal, en tanto esos rasgos devienen inherentes a este tipo de transgresores. Tal cual señala el criminólogo Robert Ressler:
«…Entre los criterios básicos para reconocer el comportamiento de un psicópata se encuentran la negación, la mentira continua y el intento permanente de manipulación. Es típico de la forma en que una personalidad psicopática lo niega absolutamente todo… el asesino trata de matizar para dar a cada detalle un giro que lo favorezca. Muchos asesinos en serie niegan su responsabilidad, creyendo que mientras sigan mintiendo podrán seguir con vida… »
Aunque fue su abogado quien sugirió inicialmente la posibilidad de que este hombre hubiera sido Jack el Destripador, esta sospecha se diluyó con rapidez. Su otro letrado defensor no suscribió el mismo parecer lo cual –adicionado al hecho de que William Lawton falleció en 1897 tras cometer suicidio por causas desconocidas, dando cabida a pensar que era inestable– conllevó a que los periodistas y la gente pronto se olvidasen de Carl Ferdinand Feigenbaum.
La sospecha recaída sobre el marino ejecutado en Norteamérica reapareció muchos años más tarde con renovados bríos merced a una investigación debida al ex detective de la Brigada Criminal británica Trevor Marriott, el cual puso de nuevo sobre el tapete la candidatura de este malhadado degollador al cargo de haber sido el Ripper de la era victoriana.
Marriott en su libro “Jack el Destripador. Investigación del siglo XXI” condensa su caso contra Feigenbaum manifestando:
«…Creo firmemente que Carl Feigenbaum fue Jack el Destripador y que su nombre podrá ingresar a la historia como el del más notable asesino serial de todos los tiempos. Este hombre fue el responsable de una serie de horribles crímenes de pobres, infortunadas y desvalidas mujeres, a las que mató en tres continentes durante un período de seis años, llevándose el secreto de su identidad a la tumba luego de evadir la detección por más de un siglo. No obstante, los entusiastas de este tema todavía no estarán convencidos de que el misterio está resuelto, y nunca lo estarán. Para esa pequeña minoría el caso de Jack el Destripador se ha convertido en una parte integrante de sus vidas hasta el punto en que ahora están obsesionados por mantener el misterio...»
Las razones que determinaron al ex policía a postular con énfasis la culpabilidad del marinero germano se fundan en una escrupulosa indagatoria que emprendió revisando en los archivos navales los listados oficiales de los barcos mercantes que recalaron en puertos de la Bella Albión por las fechas en que se consumaron los homicidios de Whitechapel.
Su primera idea consistió en que un marino que formara parte de la tripulación del carguero Sylph, proveniente de Barbados, podría haber configurado el criminal. Estudios ulteriores, sumados a la imposibilidad de hacerse con las listas originales donde se relacionaba la tripulación de ese buque –de apenas seis marineros fijos y todos ellos de origen anglosajón– indujeron a Marriott a cambiar de opinión, pues resultaba incierto que dicha embarcación hubiese atracado en muelles del Reino Unido cuando se verificaron los asesinatos.
Extendió con mucho detallismo sus búsquedas a todos los puertos londinenses y concluyó que, entre agosto de 1888 y noviembre de 1889, en los muelles Royal Victoria y Sant Katharine´s habían anclado cuatro grandes navíos comerciales ingleses, a saber: el Silvertown, el Diógenes, el Kangaroo y el Calabria.
No obstante, un examen aún más meticuloso de las listas le hizo percatarse que en similares fechas se operó un movimiento regular de mercantes alemanes de modesto calado que atracaron en los dos citados muelles británicos, así como en otros puntos próximos a los mismos. Estos buques teutones utilizaban asiduamente dichos muelles y viajaban entre Londres y Hamburgo o Bremen, siendo su tripulación, en todas las ocasiones, inferior a los veinte hombres.
Nacería así la que Trevor Marriott diera en llamar la “Conexión alemana”. El investigador afirmó haber establecido con certeza que tales embarcaciones practicaron paradas en puertos de Londres por la época de los crímenes, y que como el victimario pudo haber sido tripulante de uno de esos barcos habría dispuesto del tiempo y de las oportunidades precisas para ejecutar los atentados.
La factibilidad de tal conexión se vería reforzada por la constatación –a través de reportes de prensa– de haberse consumado un homicidio en octubre de 1889 en la ciudad de Flensburg, en el Báltico, que era un puerto alemán usado para sus travesías por los cargueros germanos de Bremen y Hamburgo. La víctima fue una prostituta cuyo cuerpo se presentaba brutalmente mutilado en forma similar a aquellos con los cuales Jack el Destripador se encarnizara.
El investigador consideró que el navío con mayores probabilidades de haber llevado a bordo al criminal fue el mercante Reiher. Aunque los listados consignando arribos de ese barco a Inglaterra son confusos e incompletos, figuraría ocupando el cargo de maquinista un tripulante de apellido Zahn –posible alias utilizado por Feigenbaum–. El aludido buque había permanecido anclado en la capital inglesa por el tiempo de los dos primeros homicidios. Luego regresó a Alemania y volvió a partir desde el puerto de Bremen el 5 de setiembre de 1888 rumbo a Londres, donde estuvo involucrado en una colisión en aguas del río Támesis, de resultas de la cual quedó inmovilizado.
La tripulación debió por fuerza descender y afincarse por un lapso en el sector Este de la ciudad, a la espera de que su nave fuera reparada. Aunque oficialmente no se dejó constancia del anclaje de dicha embarcación, parece evidente que la misma debió atracar en algún tramo de la orilla del caudaloso río.
Otro barco alemán, el Sperber, zarpó desde el puerto de Bremen arribando a la capital británica el 30 de setiembre en horas de la mañana. A la noche tendría cabida el doble crimen que tuvo por víctimas a Liz Stride y Kate Eddowes.
A su vez, el Reiher, ya reparado, continuó navegando y practicando repetidas escalas entre ambos puertos. Quedan constancias de que el buque ya estaba de vuelta en Londres el 8 de noviembre de 1888, día previo al horrible asesinato de Mary Jane Kelly. También permaneció varado en un muelle anglosajón el 17 de julio de 1889, fecha del fallecimiento de la víctima no canónica Alice Mc Kenzie.
En busca de apuntalar su tesis de que el verdugo de prostitutas fue un marino mercante –y en particular, que fue Carl Feigenbaum– Trevor Marriott relevó la existencia de una secuencia de violentas muertes acaecidas en otros países durante una época próxima a los del East End facturados con modus operandi semejante, los cuales pudieron ser obra de un psicópata itinerante que aprovechara la movilidad que su forma de vida náutica le permitía.
Si bien la constancia de la veracidad de esos violentos óbitos está dada sólo por crónicas de prensa y no quedarían al presente registros policiales o judiciales de los mismos, de todas maneras, el elenco puesto al descubierto deviene muy sugerente e inquietante.
El 11 de abril de 1890 en Hurley, Wisconsin, Estados Unidos, fue asesinada Laura Whittlesay, alias “Lottie Morgan”. El rotativo Wisconsi´s Star reportó que en Hurley tuvo lugar anoche una escena de crimen que iguala en horror a cualquiera de las perpetradas en Whitechapel, cuando al fondo de una cantina llamada Ives, en uno de los sectores más rudos de la ciudad, fue detectado el cadáver de la citada fémina, la cual ejercía el meretricio. Sobre su ojo derecho se visualizaba un profundo corte que fue la razón del deceso. Un hacha con manchas de sangre se encontró en un galpón anexo. No se duda que esa representó el arma esgrimida para matarla.
Se ubicó al costado de la cabeza de la occisa un revolver de su propiedad con sus cámaras llenas de balas sin usar, lo cual sugiere que intentó defenderse, pero su homicida fue más rápido. El móvil no consistió en el robo ya que la difunta lucía en sus dedos anillos con engarce de diamante y otras joyas de subido precio, así como más de veinte dólares en metálico. Morgan fue vista por postrera vez a la hora 11 en la cantina de John Sullivan, y desde allí se trasladó a través de un callejón anexo para llegar a su habitación, siendo interceptaba en el camino por su matador quien probablemente estaba al acecho. La policía no dispone de pistas. Lottie era una actriz favorita de los teatros de variedades locales, pero desde tiempo atrás venía atravesando por una mala racha.
A su vez, el periódico Bessemer, de Michigan, dedicó un conciso artículo a ese crimen señalando que Lottie Morgan contaba con alrededor de veintisiete años y pertenecía al bajo mundo. Fue hallada muerta en la mañana del 11 de abril detrás de una cantina en Hurley, su cabeza estaba rajada y su cuerpo espantosamente amputado con un hacha. Se culminaba anunciando que la policía venía trabajando sobre una pista y, literalmente, el reportero proclamaba que éste era un caso de Jack el Destripador.
El 28 de abril de 1890 un diario alemán de Benthen, ciudad lindante con Polonia, informó que en dicha zona había tenido efecto una espantosa barbarie análoga a las inferidas por Jack the Ripper. El cadáver de una mujer fue localizado detrás del hospital militar de la ciudad. El abdomen había sido abierto desde el ombligo, y el resto de su organismo sometido a salvajes mutilaciones incluyendo la cara. El grado de sadismo recuerda al ataque contra Mary Jane Kelly en Londres. La víctima era esposa de un sastre de la localidad.
Ese asesinato sigue sin ser resuelto.
El 4 de diciembre de 1890 en Berna, Suiza, un periódico local comunicó que la ciudad, normalmente apacible, se hallaba espantada por un ataque semejante a los ocasionados por Jack el Destripador en Whitechapel, Londres. Cuando unos hombres incursionaban a través de un bosque de la vecindad, detectaron el cuerpo de una joven campesina que fue degollada y mutilada de forma impactante. Se informó que no hay rastros de su homicida.
Esta muerte nunca fue esclarecida.
El 24 de abril de 1891 en la ciudad norteamericana de Nueva Jersey ocurrió un crimen que gozó de más cobertura de prensa que los previamente nombrados, y del cual sí se guarda constancia en archivos policiales. Se trató del cometido contra Carrie Brown, una prostituta de cincuenta y seis años registrada en el hotel East River situado en la esquina Sureste de las calles Catherine Slip y Walter. Se la había visto en compañía de un hombre entre las 20 y 30 y las 23 horas de la noche del 23 de abril. Su cadáver fue descubierto yaciendo encima de su cama al amanecer siguiente. Estaba desnuda desde las axilas hacia abajo, de acuerdo informó el empleado nocturno que así la halló.
El cuerpo denotaba secuelas de crueles laceraciones con sinuosas heridas en la región abdominal y vaginal. Asimismo, exhibía extraños cortes practicados en sus nalgas, como si el asesino hubiese querido dibujar sobre ellas. Había sido estrangulada con una prenda íntima.
El doctor Jenkins, médico forense encargado de practicar la autopsia, explicó que quien la eliminó le arrancó y se llevó una porción de los intestinos de la desgraciada extinta.
Otro eventual crimen que obviamente también pudo ser facturado por un marino itinerante – eventualmente Feigenbaum– sucedió el 25 de octubre de 1891 en Berlín, Alemania. Noticias de esta agresión fatal quedaron registradas en la edición del día siguiente del The Times de Londres, el cual reportó que aquella ciudad hervía en ebullición por un ataque semejante a los inferidos por el Destripador en Gran Bretaña.
Una mujer de apellido Nitsche fue abordada en horas nocturnas en el Holzmarkt Gasse –un pequeño edificio de viviendas ubicado en la zona Norte de la capital germana– por un sujeto que la acompañaba a su vivienda emplazada en el mismo lugar donde residía un matrimonio de apellido Poestsch. Esa casa no era la morada habitual de la dama pero ésta la usaba de forma ocasional. No bien aquella ingresó al inmueble fue ofendida por su acompañante, quien le cortó el cuello y luego le rajó el cuerpo desde la garganta hacia abajo.
Cuando otra señora llamada Mueller –quien también hacía uso de esa habitación y se despertó por los gritos de la agredida– intentó intervenir, el ofensor la empujó y escapó hacia la calle. Un hombre que acompañaba a Mueller corrió en su persecución sin éxito. El examen forense sobre el apartamento no arrojó resultados positivos. Se ubicó un cuchillo que pertenecía a la difunta y que su verdugo empuñó para infligir la segunda herida. El primer cuchillo blandido, que tenía forma de daga, se lo llevó consigo el atacante. Se pensó que éste era una persona mentalmente insana.
El homicida jamás fue apresado.
El 31 de enero de 1892 se verificó un nuevo asesinato en Nueva Jersey, Estados Unidos. En esta ocasión la víctima sería una anciana de setenta y tres años, Elizabeth Senior. La fenecida fue encontrada en su casa cercana a donde había sido ultimada Carrie Brown el pasado año. La garganta de Mrs. Senior resultó seccionada y su cuerpo sufrió varias cuchilladas. Parece que el ultimador hizo gala de gran calma. Se lavó las manos y procedió al saqueo de la finca antes de retirarse.
Es otro crimen que continúa sin tener solución.
El 3 de abril de 1892 en la capital germana un periódico regional notició que la población de la ciudad estaba convulsionada por un asesinato del perfil de los de Jack el Destripador. El cadáver de una prostituta fue hallado estrangulado yaciendo sobre la escalera de una vivienda aledaña a la jefatura de policía en Kaiser Wilhermstrasse. El victimario fue interrumpido en su faena y huyó sin poder desfigurar al cadáver como –según parecía– era su propósito.
Tampoco nunca nadie fue procesado por dicho asesinato.
El colofón de esta sangrienta retahíla fue la violenta muerte de Juliana Hoffman el 31 de agosto de 1894 en Nueva York. Aquí, como ya vimos, el culpable resultó capturado tras cercenar el cuello a su víctima y no pudo concluir su abominable tarea de mutilar. El matador, nuestro ya tan familiar marino mercante, pudo igualmente haberse llamado Anton Zahn o Carl Zahn, y tantos méritos hizo como psicópata y sádico criminal que a su respecto su abogado patrocinante sentenció:
“Creo que Carl Feigenbaum, a quien han visto morir en la silla eléctrica, puede fácilmente estar conectado con los crímenes del Destripador en Londres”.
A modo de síntesis de su acusación contra Feigenbaum/Zahn el experto Trevor Marriott subrayó que a partir de su ejecución en el año 1896 ya no se consumaron en los Estados Unidos homicidios con parecido modus operandi que aquél, al igual que no los volvió a haber en Inglaterra luego de que el marinero zarpó de ese país.
Enfatizó que tras su arribo a tierra americana en 1891, y mientras permaneció allí, fue que se sucedieron barbáricos crímenes contra mujeres. Dado que podría haber sido tripulante de navíos comerciales alemanes que iban y venían desde su país a Norteamérica, fue posible que matase en suelo teutón y también en tierras europeas, donde aquellos barcos pudieron hacer escala en el entorno de las fechas de los asesinatos comprendidos dentro del precedente elenco

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por comunicarse con Gabriel Pombo.